#DosMesesEnCuarentena

Todos apestan

Fotografía de Juan Barreto | AFP

16/05/2020

Miguel Ángel Campos (Motatán, estado Trujillo, 1955) es sociólogo y uno de los ensayistas venezolanos más destacados de la actualidad. Sus penetrantes reflexiones sobre el país y el petróleo, y sobre los vínculos simbólicos de la literatura y lo societario lo han convertido en una referencia ineludible de nuestro pensamiento contemporáneo. Radicado en Maracaibo, en donde ejerció hasta jubilarse la docencia en la Universidad del Zulia, da cuenta en este texto de cómo ha sobrellevado la cuarentena debida al COVID-19.

Con este trabajo iniciamos en Prodavinci la serie «Dos meses en cuarenta».

Si ya todo era precario, ahora apenas puedo respirar, mínimo aliento para constatar la existencia de la jauría, afuera oigo las risas de los vecinos y su juego macabro. Juegan a la normalidad, a ellos nadie les quita lo bailao, dicen, siguen con su parrilla dominguera y han dado con una nueva comunidad, ese estilo gregario de las amebas cuando han aprendido a hablar: se reúnen cada tarde para lo que llaman la merienda. Se asignan cada día, y en riguroso orden, la tarea de llevar unos tequeños con su salsita rosada, a otro le tocará medio paquete de pan de sándwich untado. Le pusieron nombre corporativo: el recreo, y deben sentarse en pupitres. Los miserables son felices, como todo el país, supongo. Acaso debo hacer un catálogo de sus motivos de conversación, solo diré que garantizan la armonía del infierno, la estabilidad del país convertido en muladar, su rutina de buscadores de trofeos en medio del relleno sanitario.

Desde hace cincuenta días no salgo de mi casa, y no es por acatar restricciones de los epidemiólogos, pareciera una razón muy seria pero la epidemia no es tal, en todo caso dura veinte años. No puedo ni salir a la panadería que puede estar a dos cuadras, mi autonomía son unos pocos metros. He llegado hasta aquí, tras más de cuarenta años, administrando desde la tensión mi movilidad reducida, esos dos magníficos muñones que encajan en unas cuencas son todo mi refugio, ni el mejor ánimo heroico me llevaría a aventurarme a regresar con las zonas de retención sangrantes. Me he rehabilitado contra la hostilidad del medio y el desconocimiento casi absoluto de mi real condición de quienes me rodean, pero fue una elección y a nadie hago cargos. Me basta un tanque de gasolina para moverme en la ciudad, parar en un café y leer algunas páginas, quizás encontrarme con alguien y tener noticias de otra gente, esa que mucho antes de la pretendida epidemia era parte de una comunidad, del rumor de una alteridad.

En los días previos a la declaratoria la gente de PDVSA bloqueó mi chip de acceso a la gasolina, debía buscar la manera de llenar el tanque auxiliado por una nómina mínima de gente piadosa, anoto sus nombres en una agenda resguardada con naftalina. En Maracaibo los mercados populares no abren sino tres días a la semana, orden expresa del Gobernador, eso entusiasmó al resto de los vendedores y así el precio del pan se duplicó, al no haber gasolina, los vendedores de agua en cisterna a la especulación sumaron una razón criminal. Puedo oír desde aquí, mientras monto la greca del café, cornetas y frenazos del inmediato cuadrante, la Circunvalación Dos y la avenida Amparo, a ratos el silencio es largo, los días parecen siempre domingo, y los domingos que a las dos de la tarde desconsuelan ahora asfixian con su podredumbre. Los zombis fluyen en las calles ruinosas, puedo imaginar su mirada fija y hasta su pretensión de paseantes, salen a verificar sus heredades, a fingir que van al trabajo, amagan con entrar a la panadería, a través del vidrio ven las botellas de Coca Cola agrandadas, eso les confirma que el mundo sigue andando. Regresarán temprano en la tarde a sus cubiles, los barrios del oeste de la ciudad, la sed saciada en los fonditos de gaseosas del contenedor de basura, allá nunca ha habido agua corriente y las tienditas fían al mil por ciento. Estragados por el hambre, su proyecto gestor –alfa y omega de toda vibración neuronal–, ellos son la garantía de que los redentores siempre harán su trabajo, cada vez a un precio menor, desde la bolsa de carbohidratos hasta un pollo congelado.

Entretanto, mi café inunda la sala con su aroma, por ahora es mi único consuelo, va bien con la vida de Joaquín Edwards Bello, hecha fuego eterno por su nieto Jorge Edwards. Devoro, o aspiro, otros libros que compré con mi hija en una taguara de usados de la calle San Diego de Santiago de Chile, hará ya más de un año. A través de ella Chile me redime: Mariano Latorre y sus cuentos de la geografía, mucho más que horizonte; una edición de 1928 que otro Edwards, el viejo Agustín, llevó al Sexto Congreso Internacional de Ciencias Históricas en Oslo, libro impreso en Valparaíso y encuadernado para aquella ocasión, fue el más caro que pagamos. El papel, más que las páginas, retiene el olor de calles conventuales, de rotos y criadas. Llegan los albañiles en su ruinosa camioneta, el olor nauseabundo del humo deshace el aroma del café, estos renacuajos se ocupan de remodelar por enésima vez la casa que uno de los vecinos potentados, nuevo rico del chavismo, adquirió en la modesta villa donde vivo, es la tercera en su haber.

El día de epidemia que dura veinte años resplandece con la llegada de Diego y Sofía, mis nietos, apenas piden la bendición y sin pausa me extienden su cuestionario de tareas escolares. Salgo invicto del píloro y las células eucariotas, me explayo en las Capitanías Generales y Virreinatos de la Colonia. Pero cuando la maestrica ejercita su propia cosecha paso de la impavidez a las náuseas. Leo directamente el requerimiento académico del ama de casa que abandona sus deberes: “¿Por qué la falta de comunicación es el enemigo más grande de las parejas?”. La mediación, el largo ocio, obligó a pensar a las docentes, su majestad Internet las ha puesto en evidencia, hora sabemos cómo razonan esas maestras que no han podido resolver sus carencias económicas y efectivas, y en las sudorosas noches de sexo patrimonial, resecas por dentro y viscosas por fuera. Vean su alma en reposo, padres y representantes, ojeen los cuadernos de esos escolares que ya tienen suficientes amenazas. En este punto necesito más café y hago una oración por los albañiles, por su pronta extinción.

Debo asegurarme de advertirle a Diego que una pareja son dos, un par, y no un hombre y una mujer, animales u homo sapiens, digamos. Lo de enemigo lo resuelvo con el diccionario de sinónimos. Lo de más grande solo se me ocurre aclararlo con una comparación del catecismo de la infancia: “el enemigo malo”. Me veo obligado a hacer el elogio del silencio y mostrarle la distinción entre comunicación y diálogo. El ejército industrial de reserva de la Venezuela de la servidumbre y el atraso está garantizado. El WhatsApp me trae la noticia de un conocido dedicado a vender gasolina –lo pensé, días de encierro y el café expresísimo en taza grande de «Los dulces de Alicia», también los semáforos sin electricidad–: debajo de la oferta descubro un alerta de gasolina puyada como arroz, pues ni siquiera pregunté el precio. Asimismo, me llegan noticias de mis amigos felices, nada les falta, y no son generosos con lo sobrante. Los hay más refinados, te ofrecen desechos y debes ir a buscarlos, buenos sujetos del qué dirán y lo políticamente correcto, su eslogan me resulta familiar: “Las crisis son momentos de oportunidades”. Representan el ejército industrial de reserva de la Venezuela que saldrá chorreando pichaque de su florido basurero. Están listos para saltar al ruedo, a jugar a la normalidad, el gran partido de la simulación, y si el poeta José Barroeta en su desconsuelo indica que “Todos han muerto”, en estos días aseguro que todos apestan.

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Lea también Días de niebla, por Ana Teresa Torres y Desesperanza, por Francisco Suniaga de la serie «Dos meses en cuarentena» publicada en Prodavinci.


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