De todas las víctimas del nuevo coronavirus, hay una sobre la que puede dejar consecuencias singularmente amplias y duraderas: la democracia.
El COVID-19 está haciendo estragos en economías avanzadas como Italia, Francia, España y Estados Unidos.
El martes 24 de marzo de 2020, Nicolás Maduro anunció siete nuevos casos confirmados de COVID-19 en Venezuela: 3 en el estado Lara, 1 en Caracas, 1 en el archipiélago Los Roques, 1 en Miranda y 1 en Guárico.
No hay ninguna duda: el arco iris es más antiguo que el ser humano. Pero cuando el ser humano lo vio por primera vez tiene que haberse sorprendido tanto como cuando sintió el primer terremoto o descubrió que existía la luna.
Venezuela está en cuarentena nacional desde el martes 17 de marzo de 2020, para controlar la expansión de la COVID-19 en el país.
A finales de 2018, siete venezolanos en San Francisco se reunían todos los martes en un restaurante en el distrito Misión, conocido por su comunidad latina de artistas y activistas.
Tan diferentes como los países son también las estrategias con las que los respectivos Gobiernos quieren contener el coronavirus.
La ciudad china de Wuhan, foco de la epidemia de COVID-19, levantará las restricciones a los desplazamientos el próximo 8 de abril, después de más de dos meses de confinamiento, anunciaron las autoridades este martes.
El sábado 21 de marzo, a las 9:30 de la noche, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, le pedía a todos los ciudadanos prepararse “emocionalmente” para la semana que estaba por comenzar.
Recuerdo que en una oportunidad un amigo recordaba, en uno de sus artículos para la prensa, una confesión donde el influyente analista junguiano James Hillman, después de décadas de práctica médica, concluía en que la única cura realmente efectiva que había encontrado…
